La transición hacia la denominada “Era de la Inteligencia” ya no es un fenómeno incipiente, sino una realidad operativa que está reconfigurando de manera profunda las estrategias competitivas, los modelos de negocio y las prioridades de inversión de las organizaciones a nivel global.
Los resultados de la encuesta KPMG Global Tech Report 2026[1] muestran con claridad que las empresas han dejado atrás una etapa dominada por la experimentación para avanzar hacia una fase de integración más deliberada de tecnologías clave, en particular la inteligencia artificial, la automatización, la analítica avanzada y la ciberseguridad. Este desplazamiento refleja un entendimiento más maduro del rol de la tecnología como motor de eficiencia, resiliencia e ingresos, aunque también expone tensiones estructurales asociadas a la gobernanza, el talento y la captura efectiva de valor.
A nivel agregado, el diagnóstico es ambivalente. Si bien existe un elevado optimismo respecto de la evolución de la madurez tecnológica y más del 36% de las organizaciones que participaron de la encuesta tiene planes concretos para avanzar en el corto plazo, solo el 11% de las mismas consideró estar “plenamente escaladas”. En paralelo, la evidencia muestra que el espectro del retorno sobre la inversión tecnológica (ROI) es disperso, y no parece estar determinado por el volumen de la inversión sino más bien por una combinación adecuada entre preparación, gobernanza, agilidad y disciplina en la ejecución.
En este contexto, la inteligencia artificial ocupa un lugar central. La mayoría de las organizaciones ya la incorpora en procesos y flujos de trabajo, y una proporción creciente la concibe como un habilitador directo de nuevos ingresos, más allá de su impacto tradicional en materia de eficiencia y reducción de costos. Sin embargo, la brecha entre expectativas y resultados sigue siendo significativa. Muchas empresas reconocen dificultades para escalar casos de uso, medir impactos de manera consistente y, sobre todo, comunicar el valor generado a los distintos grupos de interés (55%). Este punto es especialmente relevante en entornos macroeconómicos volátiles, como es el caso de algunos países de América del Sur, donde la presión por justificar inversiones es elevada y la tolerancia al error es limitada.