Acceder a capital suficiente y en condiciones competitivas se ha convertido en uno de los factores más determinantes para sostener el crecimiento empresarial. En teoría, los instrumentos financieros híbridos, es decir, aquellos que combinan características de deuda y capital, ofrecen una solución atractiva para organizaciones que buscan financiar su expansión sin incrementar significativamente su nivel de apalancamiento; sin embargo, en la práctica estos instrumentos no siempre están disponibles para todas las compañías.
En empresas privadas o de carácter familiar en Centroamérica y el Caribe, el acceso a financiamiento híbrido suele ser limitado. A diferencia de las grandes corporaciones, que pueden recurrir a emisiones convertibles, mezzanines o capital preferente en los mercados de capital o a través de fondos especializados, muchas empresas enfrentan restricciones tanto por escala como por acceso a inversionistas institucionales.
A lo anterior se suma un elemento cultural importante: en muchos casos, los accionistas prefieren evitar la dilución o intervención en las decisiones, según sea la naturaleza de la inversión, su participación y la necesidad de mantener el control del negocio.
Como resultado, el financiamiento bancario tradicional continúa siendo la principal fuente de recursos; no obstante, cuando una compañía experimenta un crecimiento acelerado, depender exclusivamente de deuda corporativa puede generar presión sobre indicadores financieros clave, como los niveles de apalancamiento o el cumplimiento de covenants, que, en última instancia, pueden provocar un deterioro en las condiciones de un financiamiento.
En este contexto, las estructuras financieras respaldadas por activos pueden ofrecer una alternativa eficaz. A través de instrumentos estructurados es posible movilizar activos que generan flujos de efectivo, como carteras de crédito, instrumentos negociables de tesorería o cuentas por cobrar, para convertirlos en una fuente adicional de financiamiento sin depender únicamente del balance corporativo.
Un caso reciente en el sector retail de la región andina ilustra bien este enfoque. Una de las empresas más grandes del sector experimentaba un crecimiento sostenido a doble dígito, impulsado por dos motores estratégicos: el éxito de su plataforma de comercio electrónico y la expansión de su negocio de crédito al consumo, el cual ya atendía a más de un millón de clientes activos.
Este crecimiento generó un desafío financiero evidente. A medida que la cartera crediticia aumentaba, también lo hacían las necesidades de capital para respaldar esas operaciones. Al mismo tiempo, la organización contaba con un margen limitado para incrementar su endeudamiento tradicional sin comprometer su estructura financiera.
El desafío consistía en encontrar una forma de aprovechar el valor económico de la cartera de crédito para obtener financiamiento adicional, evitando que se deteriorara la posición de capital de la compañía.
La solución fue estructurar un esquema de financiamiento respaldado por activos mediante un fideicomiso. El equipo de fusiones y adquisiciones (M&A, por sus siglas en inglés) que apoyó a la empresa actuó como estructurador y asesor financiero de la transacción, trabajando conjuntamente para diseñar una estructura que permitiera monetizar parte de la cartera crediticia y transformarla en una fuente eficaz de liquidez.
En términos generales, el mecanismo funciona de la siguiente manera: la organización originadora transfiere su cartera de crédito a un vehículo fiduciario, manteniendo cierto grado de responsabilidad económica sobre los activos. El fideicomiso, por su parte, utiliza esa cartera como respaldo para obtener financiamiento de un inversionista, incorporando mecanismos de protección como niveles de cobertura o sobrecolateralización que reducen el riesgo de crédito.
Los recursos obtenidos mediante esta estructura se canalizan nuevamente hacia la compañía, permitiéndole continuar financiando la expansión de su negocio crediticio. A su vez, los pagos realizados por los clientes finales alimentan los flujos del fideicomiso, que se utilizan para atender el servicio de la deuda con el banco.
Desde una perspectiva financiera, este tipo de estructuras ofrece diversas ventajas. En primer lugar, permite movilizar activos productivos existentes en el balance para generar liquidez adicional. En segundo lugar, al estructurar el financiamiento sobre flujos identificables, es posible optimizar la percepción de riesgo para el financiador.
Más importante aún, este enfoque permite mejorar la eficiencia en el uso del capital, algo especialmente relevante en modelos de negocio intensivos en financiamiento al consumidor, donde el crecimiento suele depender directamente del tamaño de la cartera crediticia.