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Por:
Manuel Fernandes,
Socio líder de la industria de Energía y Recursos Naturales de KPMG Brasil y América del Sur


La transición energética global ha reconfigurado las prioridades de los países y de las industrias tecnológicas, otorgando a los minerales críticos —en particular a las tierras raras— un protagonismo sin precedentes. Este conjunto de elementos, indispensable para la fabricación de imanes permanentes, motores de vehículos eléctricos y componentes electrónicos de alta complejidad, se ha consolidado como un insumo estructural para las tecnologías de baja emisión de carbono y la electrificación acelerada del transporte. En este contexto, América del Sur emerge como una región con un potencial geológico significativo, especialmente concentrado en Brasil y Argentina, cuya capacidad para integrarse en las cadenas globales de suministro podría contribuir de manera decisiva a reducir la concentración productiva que actualmente domina el mercado.

La dinámica reciente del sector muestra que la expansión de la demanda de tierras raras está íntimamente ligada a los compromisos de descarbonización asumidos a nivel global y a la adopción creciente de tecnologías limpias. El ritmo de crecimiento en el consumo de algunos elementos, como neodimio, praseodimio, disprosio y terbio —que son clave para la fabricación de imanes de alto rendimiento— se mantiene sostenido, incluso bajo escenarios moderados de transición energética. Asimismo, la electrificación del parque automotor y la instalación acelerada de infraestructura eólica en diversos países proyectan un incremento persistente en la demanda hacia 2050, acompañado de una presión creciente sobre una cadena de suministro que ya opera en condiciones de fragilidad estructural.

Esta fragilidad tiene raíces geopolíticas y económicas profundas. Más del 70% de la producción mundial proviene de China, país que no solo domina la fase extractiva sino también las etapas de separación, refinado y manufactura avanzada. A pesar de que otros productores —Estados Unidos, Australia o Tailandia— han incrementado su participación en los últimos años, el mapa global continúa caracterizado por una marcada concentración que expone al mercado a riesgos sistémicos. Tensiones geopolíticas, disrupciones logísticas, crisis climáticas y fluctuaciones regulatorias actúan como factores que amplifican la vulnerabilidad del abastecimiento, elevando la volatilidad e impactando en la planificación de las industrias dependientes de estos minerales.


En ese marco, América del Sur constituye una de las pocas regiones del mundo donde la relación entre reservas identificadas y producción efectiva presenta una brecha lo suficientemente amplia como para habilitar un reposicionamiento global.


Brasil destaca por poseer una de las mayores reservas mundiales, acompañada de descubrimientos recientes que han capturado el interés de varias empresas. Asimismo, Argentina ha avanzado en la identificación de depósitos y recursos potenciales de considerable magnitud, distribuidos en diversas provincias y con características geológicas que permiten proyectar un desarrollo significativo en el mediano plazo. Aunque ninguno de estos países figura actualmente entre los principales productores, la magnitud del potencial disponible los coloca en una situación estratégica frente a la reconfiguración del mercado.

La región, además, acumula experiencia minera relevante en otros minerales críticos —cobre, litio, niobio, grafito— que la posicionan favorablemente para desarrollar capacidades complementarias de procesamiento y transformación. Países como Chile y Perú lideran la producción mundial de cobre, mientras que Argentina y Bolivia integran el núcleo del denominado "Triángulo del Litio". Esta trayectoria ofrece una base institucional, técnica y operativa que podría facilitar la incorporación progresiva de proyectos de tierras raras bajo marcos de gobernanza mejorados y con mayor integración en cadenas de valor más complejas.

No obstante, la materialización de este potencial enfrenta desafíos relevantes. El procesamiento de tierras raras es técnica y ambientalmente complejo, involucra etapas con impactos significativos y requiere inversiones sostenidas en infraestructura, conocimiento y equipamiento. A diferencia de otras actividades extractivas tradicionales, la competitividad en este segmento depende menos del volumen y más de la capacidad para integrar procesos de refinamiento y separación. Reducir esta dependencia debería constituir un objetivo estratégico tanto para la región como para los países industrializados que buscan diversificar sus fuentes de abastecimiento.


Las oportunidades para América del Sur no se limitan exclusivamente al ámbito extractivo.


Las oportunidades para América del Sur no se limitan exclusivamente al ámbito extractivo. La creciente presión sobre la cadena global abre un espacio para estrategias de industrialización gradual, que incluyan el desarrollo de plantas de procesamiento, la creación de capacidades metalúrgicas específicas y la formación de recursos humanos especializados. En paralelo, el avance global hacia esquemas de economía circular amplía el margen de acción regional, desde que el reciclaje de imanes utilizados en turbinas eólicas y vehículos eléctricos, así como la recuperación de materiales críticos presentes en residuos tecnológicos, constituye una vía complementaria para fortalecer la resiliencia y reducir la dependencia de la producción primaria.

La sostenibilidad será, sin duda, un eje transversal en esta agenda. Los mercados más dinámicos y exigentes demandan trazabilidad ambiental y estándares ESG estrictos, lo que implica que los países sudamericanos deben avanzar en marcos regulatorios que aseguren no solo competitividad, sino legitimidad social y ambiental. La diversificación geográfica de la oferta global solo se consolidará si se acompaña de procesos productivos que garanticen responsabilidad ambiental, participación comunitaria y transparencia institucional.

En suma, América del Sur enfrenta una coyuntura histórica: posee el potencial geológico necesario para emerger como un actor relevante en un mercado caracterizado por la concentración y la vulnerabilidad, dispone de experiencia minera acumulada y se proyecta como un socio estratégico para una transición energética que exige seguridad y resiliencia en el suministro de materiales críticos. El desafío radica en transformar ese potencial en capacidad efectiva, articulando inversiones, cooperación regional, innovación tecnológica y políticas públicas orientadas al desarrollo sostenible. Si logra avanzar en esa dirección, la región no solo contribuirá a mitigar los riesgos de la cadena global, sino que podrá capturar beneficios económicos y tecnológicos duraderos, integrándose de manera más profunda en las industrias del futuro.

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