Autor: Julio Skotiuk, Consultor Senior de FRM / Advisory en KPMG en Perú
Los mercados financieros globales han atravesado un primer semestre del 2025 marcado por una sucesión de eventos que ha retado a la función de gestión de riesgos financieros en un entorno de alta volatilidad. El conflicto entre Israel e Irán, las tensiones comerciales —principalmente entre Estados Unidos y China— y la rebaja de la calificación crediticia de la deuda soberana estadounidense —de Aaa a Aa1 por parte de Moody’s— han exacerbado la incertidumbre en los mercados internacionales.
En este contexto, las proyecciones de crecimiento global para 2025 oscilan entre 2.3% y 2.8%, lo que representa una desaceleración respecto al crecimiento observado en 2024. Esta tendencia es señalada por organismos multilaterales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, así como por KPMG International, y refleja un entorno económico caracterizado por una creciente cautela empresarial y una elevada sensibilidad a los riesgos geopolíticos y financieros.
Fuente
Volatilidad anual de los índices de mercado: estimaciones propias con base en datos obtenidos en Capital IQ.
Índice de Incertidumbre Mundial: the Economist Intelligence Unit.
Ante este escenario, los mercados de valores —incluido el mercado peruano— registraron niveles elevados de volatilidad, especialmente entre febrero y abril, en respuesta a la imposición de aranceles por parte de Estados Unidos y la intensificación de las tensiones comerciales con China y otros socios estratégicos. Si bien, la volatilidad disminuyó progresivamente en mayo, repuntó ligeramente a inicios de junio tras el estallido del conflicto entre Israel e Irán; sin embargo, este aumento fue transitorio y comenzó a moderarse a medida que se alcanzaban acuerdos de cese al fuego entre ambas partes.
Esta inestabilidad afecta directamente a los portafolios con exposición a instrumentos de renta variable, resaltando la necesidad de una gestión estructurada del riesgo de mercado. Su cuantificación se apoya en modelos como el Value at Risk (VaR) y el Conditional VaR (CVaR), además de análisis de sensibilidad y escenarios de estrés. La mitigación, por su parte, se basa en estrategias de cobertura, diversificación y límites de exposición, fundamentales para enfrentar entornos financieros inciertos.
Asimismo, entre febrero y abril, las tensiones comerciales provocaron un aumento significativo en los spreads de crédito y en las probabilidades de default, especialmente en bonos de grado especulativo. A partir de mayo, estos indicadores comenzaron a moderarse, marcando el inicio de una tendencia descendente en el riesgo percibido por los mercados. En junio, el estallido del conflicto entre Irán e Israel generó un breve repunte en la incertidumbre financiera, que interrumpió momentáneamente esta trayectoria. Sin embargo, el impacto fue transitorio y no logró revertir la disminución observada desde mayo. Esta dinámica resalta la necesidad de una gestión estratégica del riesgo de crédito, que contemple la identificación de exposiciones en instrumentos de renta fija y derivados financieros, donde ajustes como el CVA/DVA permiten capturar el riesgo crediticio propio y/o de la contraparte. La mitigación del riesgo crediticio se apoya en la diversificación de contrapartes, límites de concentración, uso de derivados de crédito o garantías colaterales, y modelos internos para estimar pérdidas esperadas.
Asimismo, es importante considerar que los modelos utilizados para la cuantificación de riesgos financieros y la valorización de instrumentos están expuestos al riesgo de modelo, producto de posibles imprecisiones en los supuestos, calibraciones inadecuadas o falta de validaciones, especialmente en contextos de alta volatilidad. Su gestión requiere prácticas como backtesting, análisis de sensibilidad, validaciones independientes y una trazabilidad clara de los modelos empleados.
El monitoreo constante de los indicadores de riesgo, junto con una reportería clara y una comunicación efectiva a la alta dirección, permite responder con agilidad ante cambios en el entorno financiero. Esta gestión debe apoyarse en una gobernanza sólida, con políticas definidas, validación de modelos y controles que refuercen la resiliencia de la organización frente a escenarios adversos.