Los últimos meses han sido muy desafiantes debido a los múltiples cambios en los contextos políticos, económicos y regulatorios en todo el mundo. Las agendas de diversas temáticas comenzaron procesos de revisión y repriorización. Son tiempos complejos para todas aquellas personas que se encuentran en posiciones de liderazgo y en la toma de decisiones.
La sustentabilidad corporativa y el marco ESG no han sido la excepción. Y no es casualidad que, en momentos en donde se deben atender cuestiones de muy corto plazo, las temáticas vinculadas al desarrollo económico que requieren una visión de largo plazo, sean puestas en debate.
En este sentido, es interesante repasar cómo ingresó la sustentabilidad en la gestión corporativa. Básicamente, como una herramienta para generar valor no solamente en el corto plazo y para los accionistas, sino también en el largo y para todos los grupos de interés. En los últimos 20 años y en base a datos, pudo comprobarse que las organizaciones que gestionan sus aspectos ambientales, sociales y de gobernanza, logran sostener la creación de valor económico en forma más sólida, impactando positivamente a empleados, clientes, comunidad y cadena de valor y no solo a los accionistas. Y, en última instancia, mantener e innovar su modelo negocio en el tiempo de forma más exitosa.
En este recorrido, la búsqueda por vincular el largo y corto plazo y los resultados financieros con los ambientales y sociales ha sido materia de trabajo y evolución en las últimas décadas. Sumado a las nuevas demandas de información, esto dio como resultado los múltiples marcos voluntarios y obligatorios de reporte. La transparencia es un apéndice inseparable de la sustentabilidad, y los esfuerzos para fortalecer el diálogo entre el reporte financiero y el ESG en uno único ha comenzado a dar sus resultados: hoy es posible conocer, en forma creciente, no solamente la salud financiera de una organización sino también de manera más amplia, otras dimensiones. Más aún, comienza a ser una práctica habitual en las organizaciones establecer el vínculo entre sus riesgos financieros, ambientales y sociales, a través de su mapeo, análisis, cuantificación y reporte.
En esta materia, claro, se presenta aún un extenso camino por recorrer, particularmente en nuestro país. Esto lo podemos inferir de nuestro estudio “El movimiento hacia los informes de sustentabilidad obligatorios”, en donde evaluamos las distintas tendencias en las 250 compañías más importantes en el mundo y las 100 compañías más relevantes en 58 países Particularmente en Argentina, de las compañías analizadas, 26% reportan información de ESG en reportes integrados y/o financieros. Y de este universo, el 100% describe los riesgos climáticos, sociales y de gobernanza. Sin embargo, ninguna de estas compañías comunica la cuantificación del impacto de estos riesgos identificados.
Generar el cambio organizacional para lograr esta vinculación y cuantificar el impacto de los riesgos ambientales y sociales en el negocio probablemente sea uno de los principales obstáculos. Adicionalmente, se requiere de un proceso transversal, que involucre a todas las áreas. Y, finalmente, también establecer una metodología sólida y transparente para la cuantificación de los impactos de dichos riesgos.
Por otro lado, esta mirada de largo plazo junto a la sustentabilidad como herramienta para abordarla, lejos está de no atender los desafíos y oportunidades actuales. Al contrario, las organizaciones más sólidas y que gestionan en forma amplia sus riesgos, están mejor posicionadas para resolver los problemas concretos y vinculados a una amplia gama de cuestiones que nos enfrentamos como humanidad. Por ejemplo, ¿Cómo proporcionamos más y mejor infraestructura a las poblaciones, incluyendo agua potable, caminos, vivienda y gestión circular de los residuos urbanos? ¿Cómo generamos y transportamos más energía confiable, accesible y segura frente a las crecientes demandas por los avances tecnológicos? ¿Cómo producimos alimentos para todas las personas, cuidando al mismo tiempo la salud de las personas, la cual a su vez depende de la calidad del aire, el agua y los suelos? ¿Cómo reducimos el consumo de recursos finitos, aprovechamos mejor los residuos y creamos materiales de mayor reciclabilidad? ¿Cómo se financian estas soluciones y a través de qué mecanismos que incentiven la innovación para la transición?
La lista podría continuar. Pero quizá sea oportuno sintetizarlas en una: ¿cómo hacemos para generar más valor para las personas utilizando, al mismo tiempo, la menor cantidad de recursos posible? Esta pregunta, aunque en principio simple frente a los grandes desafíos que enfrentamos, fue una de las bases que dio origen a la sustentabilidad y sus herramientas. Sin perder perspectiva, responder esta pregunta quizá nos ayude a vislumbrar cuáles serán sus aportes y relevancia en la agenda global y local de las próximas décadas.
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